El “Proceso de
Reorganización Nacional” que comienza en la Argentina en 1976 se plasmó en
diversas acciones. Una de esas acciones fue la violencia sexual, para
analizarla es necesario considerar brevemente los estereotipos de género en
nuestra sociedad, en la cual se reflejan diferencias en todos los ámbitos entre
mujeres y varones. Estas desigualdades se exacerban durante los conflictos o
contextos represivos, en los cuales también tienen un impacto distinto sobre varones y
mujeres.
La abogada Analía Aucia, escritora e investigadora de
grietas en el silencio, afirmó: “La violencia sexual perpetrada durante el
terrorismo de estado y en estos contextos represivos, también constituye un
delito de lesa humanidad, por eso debe investigarse y sus responsables deben
ser investigados al igual que las victimas deben ser reparados, como en los
otros delitos de lesa humanidad.
La violencia sexual siempre en los contextos represivos es
una forma de ejercer violencia, de someter, que se usa particularmente con las
mujeres y que tiene varios objetivos dependiendo del contexto y del conflicto,
esto ha sido así a lo largo de la historia. “En el terrorismo de estado, la
violencia sexual, fue un instrumento utilizado con el fin de disciplinar”,
afirmó la abogada Aucia.
Hay una relación siempre presente entre mala madre, madre
abandónica y militante política o social, la cual se desprende del análisis del
discurso y las prácticas represivas que se realizaron. Estos conceptos recurren
al uso de estereotipos que la cultura patriarcal destina a las mujeres,
teniendo vinculación a la sexualidad
femenina.
Las mujeres que renunciaron a desempeñar el rol de madres o
esposas para participar en partidos
políticos, organizaciones sindicales o en organización consideradas
subversivas, pagaron costos elevados por contradecir los estereotipos
culturales; los varones “que se niegan a luchar corren el riesgo de ser ridiculizados,
encarcelados o incluso asesinados por falta de “coraje” o "virilidad”.
Todas las victimas de violencia sexual en contextos
represivos, son gravemente dañadas, no solo desde el punto de vista físico,
sino también psíquico, en el cual quedan las consecuencias mas graves de estos
delitos. Tuvieron sentimientos de culpa y de humillación, que generó silencio.
La vergüenza social interiorizada persigue a quien que ha sido violado/a, en
tanto la sexualidad es considerado un ámbito íntimo y privado; para las mujeres
en general, para los varones sólo en el caso de ocupar un lugar pasivo o
feminizado: continúa rigiendo la lógica patriarcal. Por lo tanto, hablar y hacerlo público
significa que todos/as sepan que fuimos humillados/as, violentados/as, sometidos/as.
“Todo el mundo puede denunciar sin vergüenza que fue victima
de un robo, entonces la pregunta es ¿Por qué no podemos denunciar del mismo
modo cuando somos victimas de la violencia sexual?” Expresó la abogada Analía
Aucia, autora del libro Grietas en el silencio.
El mecanismo judicial no estaba preparado, así como tampoco
la sociedad para considerar este crimen, por eso hubo resistencias: la
violencia estaba y aún está naturalizada.
El Estado argentino debe juzgar, investigar y sancionar a
todos los responsables de los hechos de violencia sexual ocurridos en el marco
del terrorismo de Estado, así como también de reparar integralmente a las
víctimas, desde el momento en que constituyen crímenes de lesa humanidad, de
carácter imprescriptible acorde al Derecho Internacional de Derechos Humanos y
Derecho Penal Internacional.
Autor: Sofía Darioli
Fuentes de información:
*Entrevista a la abogada Analía Aucia, escritora e
investigadora del libro Grietas en el silencio.
*Libro Grietas en el silencio, investigación realizada sobre
violencia sexual en la dictadura.

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